EXISTENCIAQUÉ. OB SKENÉ

septiembre 22, 2018

Por Joaquín Regadera

Aventurarse a integrar todas nuestras acciones en comunidad, más que una dovela, es, sobre todo, la clave de bóveda para definir la vida y darle sentido a la existencia. Pragmáticamente, el existencialismo es el conjunto de actividades humanas y de problemas logísticos con base en el pensamiento colectivo para la organización del sentido común. Y, dramáticamente, la ya mencionada clave de bóveda del existencialismo se halla en el hecho de hacerse egoísta (ser une misme) cada vez que nos sobreviene una encrucijada social, para seguir viviendo o sobrevivir en el día a día a todas aquellas limitaciones morales o educacionales que terminarían por mutilar el propio sentido común. A diferencia de hacerse agradable, la aventura de hacerse egoísta conlleva el cometido ético de sensibilizarse con une misme en lo relativo al deseo de saber qué es lo que se quiere y qué es aquello que no, porque, empíricamente, el egoísmo es la emancipación y el empoderamiento justificados del individuo como fibra de comunidad, comprendiendo que, por medio de la genealogía y de las fuentes conceptuales, todas nuestras necesidades para garantizar un porvenir deseable deben satisfacerse con pasional e imperiosa inevitabilidad hasta el final. Porque la felicidad no se encuentra en mitad de la nada o en medio de los llanos sino en la consecución de los objetivos y de las cimas que nosotres mismes nos proponemos alcanzar para mejorar nuestro hábitat, con base en nuestras necesidades reales, capacidades actuales y potenciales futuribles. Mientras que, antagónicamente, al hacerse agradables y no egoístas, antes de saber qué es lo que se quiere para sí, lo que se pretende es agradar a les demás, con el consecuente problema de que, al eludir las propias necesidades, se debilita la vitalidad del cuerpo en un proceso de agotamiento gradual por etapas que va de la degeneración intelectual al atrofiamiento muscular, pasando por un cuadro sintomático de somatizaciones derivadas de la degradación del organismo. Irremediablemente, el desgaste producido por el abandono de las necesidades reales, frente a las considerables dificultades de la existencia, termina por empeorar nuestro hábitat, cargando la densidad de su atmósfera con un resentimiento, una rabia y un odio pendientes de desahogar, hasta el momento de una detonación capaz de normalizar y de axiomatizar la explotación productiva de animales y de personas, entendiendo que explotarse les unes a les otres no es en sí un acto social y que, por tanto, el capitalismo o trabajo de economía salarial no es en absoluto un orden social sino un sistema de relaciones de producción de carácter fuertemente antisocial. Por ejemplo, la misma disciplina pedagógica que fraguó el ámbito de las relaciones humanas entre alemanes a lo largo de siete décadas mediante la corrección moral de la población -Escuela, Estado e Iglesia- y que dio lugar al Tercer Reich, patologizó a una multitud resentida a la que luego Adolf Hitler indujo cómodamente a ser sanguinaria, porque la perjudicación en el individuo de sus posibilidades de desarrollo como consecuencia de la manipulación educativa viciaron el sentido común hasta el punto de corromper los mecanismos de supervivencia de una gran mayoría social en la Alemania de los años treinta y cuarenta.

Por fortuna, a partir de que se aprende a desear y se descubre qué es lo que se quiere, al aventurarse pragmáticamente en el existencialismo egoísta, las experiencias vitales operan en el territorio fronterizo que delimita el peso de las sombras e, intrigantemente, separa al orden del caos, al método de la experimentación y a la vieja certeza ya conocida de la expectante e ilusionante mas en realidad asumible novedad. Se trata de un territorio espinoso por el que inconscientemente preferiríamos no tener que volver a pasar. Como fuese, resulta que así lo preferiríamos, fruto de un ayuno de amor propio y de una desconfianza en nuestros potenciales, sumada a una indecisión involuntaria e ignorante, para escaquearnos de retornar a aquellos lugares irresolutos del pasado donde residen nuestros fantasmas y en donde los monstruos de lo ignoto campan a sus anchas. Estos territorios espinosos son todos aquellos espacios desquiciados e inexplorados que permanecen hauntológicamente latentes, por muy fuera de quicio que hayan sido dejados, y que a su vez son la causa empírica u origen afectivo de los conflictos emocionales y de la nostalgia por los futuros perdidos o genéticamente traslocados, como lo serían las compulsiones repetitivas o las reincidencias de las relaciones tóxicas que se producen también entre generaciones, debido al componente epigenético de todas las formas de vida conocidas. El hecho revisable de haber cartografiado mal los accidentes geográficos de nuestro paisaje o mapa emocional, nos induce a recaer e incurrir en los mismos y embarazosos obstáculos de comportamiento. Este contratiempo material no puede ser una alegoría sino, por el contrario, un cúmulo de análogos códigos de conducta que no hemos ni incorporado eficazmente en nuestras maneras de pensar y de actuar ni tampoco hemos logrado integrar de modo funcional en la sociedad, en contraste con el acervo de performaciones que han de ser estilizadas a lo largo del tiempo para darle valor a nuestra existencia, con la imaginación al poder. Y, en efecto, cuando no reconocemos qué es lo que está sucediendo más allá del área iluminada y vamos palpando la pared a tientas en la oscuridad, nuestro cuerpo nos prepara para el peor escenario posible, como resultado de una respuesta a la somatización del estrés traumático que hace de espoleta para liberar la hormona cortisol, cuya función bioquímica es la de ponernos en estado de alerta, pero que colateralmente acelera el deterioro del envejecimiento, marchitando nuestra participación grupal en aquellas actividades para con las que nos quedaríamos atrás como un lastre difícil de movilizar o de hacer avanzar al ritmo intermedio de la comunidad.

Entretanto, al otro lado de las capacidades para afrontar situaciones dadas y venideras, la templanza inmunológica nos aporta la seguridad suficiente para no experimentar un nivel de emoción negativa paralizante e intolerable. Precisamente, la templanza inmunológica se torna necesaria para dar un buen soporte a la aprehensión de las expectativas, sin por ello desanimar las emociones e ilusiones que nos despiertan y mantienen atentes frente a la ocasión del encuentro. De este modo, podríamos continuar sintiendo intensamente las emociones e ilusiones generadas por la aprehensión de las expectativas. Pero que, por otra parte, no se expresarían en aquellos casos en los que la ocasión del encuentro estuviese ya sistematizada o dinamizada de forma automática. Significativamente, el encuentro habría de valernos para interactuar con la realidad. Y, siempre que se interactuase con la realidad, tendría que catalizarse un aprendizaje y una comprensión de los diferentes elementos con los que se interactúa, retomando así la capacidad de explorar situaciones pasadas irresolutas y reemprendiendo también el potencial de comprender cómo dar lugar al porvenir, para, de corazón, hacerle frente a encuentros y situaciones futuras.

Por ende, la clave de bóveda del pragmatismo o del existencialismo egoísta consiste en reorganizar nuestros potenciales, aplicando toda la sincronía y aprehensión atenta que nuestro hipotálamo sea capaz de desarrollar, para compenetrarnos con el flujo de los acontecimientos, de manera acorde con el mundo en continua transformación que habitamos. Adecuándonos, además, a una naturaleza más evolucionada, compleja y pluriversa, recurriendo a la información percibida, y definiendo una descripción y un sentido del mundo más profundos, que no dejaríamos nunca de comunicarle a les otres, para mejorarnos trascendentalmente mediante la articulación oral o/y escrita de nuestros pensamientos, sentimientos y emociones. No obstante, aprender a pensar conlleva la dificultad de ensamblar opiniones con una amalgama de argumentos y posturas opuestas entre sí, y que han de delinearse por la vía de la expresión verbal, para percibir de hecho las contradicciones que aguantamos y contenemos en nuestro interior. Incluso el discurso del odio, epistemológicamente patológico, ha de ser expresado más que inhibido, para no arrinconarlo en un conglomerado de represiones progresivamente crecientes que terminaría por fortalecerlo hasta excederlo y hacerlo explotar. Por ello, nos conviene exponernos, y no tanto escondernos, dejándonos ver para con nuestras distintas tonalidades del ser, descubriendo así cuáles son las respuestas que obtendríamos de les demás y, con estas reacciones, comprender de manera realista qué líneas de pensamiento y de acción deberíamos tomar para vivir en consonancia con el sentido común del mundo que inexcusablemente habitamos.

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